¿Cómo afecta la IA a la oferta musical?

El impacto de la IA en la industria de la música podría estar cambiando el paisaje musical de un modo distinto a todo lo que hemos experimentado antes.

Este es uno de los resultados que produjo la herramienta generativa «Dall-E 2», cuando le pedimos que diseñara la imagen de un monstruo algorítmico de la industria musical.

Los Beatles, como otros fenómenos universales de la cultura, parecen un caso predestinado al éxito. Es casi un axioma cultural, que hace muy difícil imaginar un mundo sin ellos. Pero lo cierto es que los Beatles fueron rechazados por tres discográficas importantes. Por no abandonar las leyendas británicas, podemos también recordar que el manuscrito de Harry Potter fue rechazado por doce editoriales. Ahora sí, saltemos de continente; cuando Jobs presentó el Iphone, la industria se burló del producto. 

Lo que tienen en común todos estos fenómenos, es que nadie parecía ser capaz de entender que los necesitábamos. Nadie había consumido previamente a los Beatles, y los desestimaron como un producto sin valor, igual que ocurrió con Harry Potter o el Iphone.

Cuando una IA propone al usuario una opción, lo hace basándose en las características comunes entre canciones, las tendencias y la reproducción de nuestros gustos pasados. El manuscrito de Harry Potter fue rechazado por doce editoriales distintas, por doce inteligencias humanas, y ninguna de ellas era una máquina de identificar tendencias. La decisión de Bloomsbury, la primera editorial que publicó Harry Potter en Gran Bretaña, se basó en una serie de reflexiones humanas, altamente improbables. Las mentes humanas implicadas en el descubrimiento de los Beatles, la publicación de Harry Potter o la visión de Steve Jobs sobre el Iphone, tienen poco o nada que ver con las tendencias de consumo en ese momento; son el resultado de estimaciones, modelos de la realidad, malentendidos, riesgos visionarios, experiencias diversas y contradictorias. Si hubiésemos pedido al promedio de los oyentes, los lectores o los consumidores de productos electrónicos, que describieran su producto ideal, es muy probable que nunca hubiésemos dado con los Beatles, Harry Potter, o el Iphone. 

Y sin embargo, nuestra industria musical, se haya hoy completamente supeditada a inteligencias artificiales que leen, estudian y reproducen nuestras tendencias, las de esa sociedad que necesitaba un smartphone, pero seguía pidiendo móviles más pequeños y ergonómicos.

Las IA que procesan nuestros gustos, tienden a solidificar patrones pasados. Las tendencias de las masas no describen sabores nuevos. En conjunto, no somos visionarios del próximo éxito literario, ni musical, ni tecnológico. Y a pesar de ello, las IA nos observan atentamente, para inventar un patrón que nos devuelva lo que ya habíamos elegido antes, en un ciclo sin final. 

Para que una melodía llegue al usuario en determinadas aplicaciones, es necesario que exista una carretera algorítmica que lo permita. Esos caminos se constituyen por un proceso parecido a la erosión del agua sobre el terreno; la repetición produce una serie de canales que se van excavando y obligan a circular por ellos. Imaginemos uno de esos juguetes para bebés que tienen una superficie plana con agujeros de varias formas, por los que hay que introducir las piezas correctas; el triángulo por el triángulo, el círculo por el círculo. Si en ese momento alguien nos da una estrella y no cabe por ninguno de los agujeros, no significa que sea una forma “inadecuada”, si no que no existe la apertura apropiada para ella.

En 1962, Decca Records rechazó a los Beatles porque creía que los grupos de cuatro integrantes ya no tenían cabida en la industria.

¿Cuál es el coste de que estos monstruos algorítmicos, devoradores del promedio, sean nuestros nuevos amos? ¿Qué tendencias están creando? ¿Qué músicos están aplastando entre sus redes neuronales ciegas? ¿Pueden descubrirnos a los Beatles, o son más hábiles en sepultarlos?

Miles de artistas y productores musicales estudian con detenimiento las listas impulsadas por plataformas como Spotify, con algoritmos que cruzan y ofrecen música en base a los gustos previos de millones de usuarios. Las tendencias han sustituido hoy al descubrimiento, y los artistas se supeditan a una sucesión de exigencias cada vez más homogéneas, obligados a diseñar un relato que justifique por qué se camuflan de manera violenta, por qué “El Mal Querer” y luego “Motomami”.  Con timidez, algunos, con el cinismo de la industria ya calado en los huesos, otros, y con la ingenuidad sincera del que encuentra una manera de volver a reinventarse (los más aventajados), se suceden explicaciones más o menos elaboradas de por qué doblan sus melodías, sus estilos, nutridos como estaban de las más variables influencias y pasiones creativas. La razón fundamental es obvia; seguir sonando en la selección exquisita de una inteligencia artificial.

Los seres humanos han sido ejecutores de estas tendencias antes, por supuesto. Las corporaciones han medido y ejecutado el éxito con toda la precisión que podían. Pero en última instancia, había un criterio falible, humano, diverso, contradictorio, que permeaba esas decisiones hasta las últimas circunstancias.

Se habla poco del efecto de estos pequeños monstruos que dirigen el contenido de industrias multimillonarias, del promedio que los conduce, que no contiene revolución, verdad o genio, si no la fuerza de millones de decisiones probables. ¿Nos hacemos más predecibles cada vez que nos alimentan con lo predecible? ¿Hemos dejado de oír a los nuevos Beatles? ¿Nos hemos sumido en una cultura que reproduce el promedio hasta anestesiar la disidencia, el nuevo sonido, la creación distintiva?

Quizás el nuevo artista, el nuevo músico, es eso, un pirata con corazón de niño que debe preguntarse una y otra vez cómo recuperarse a sí mismo, mientras bracea unas olas hechas de las decisiones más perezosas de toda la humanidad, al son de los nuevos monstruos algorítmicos. 

En BAMBI creemos que es mejor mover las fichas que discutir el tablero, y que la manera más efectiva de navegar este paradigma es seguir diseñando piezas que tengan un valor cultural dentro de las obligaciones comerciales, de manera que no sea el algoritmo el que instrumentaliza a los artistas, si no los artistas los que utilizan al algoritmo como una aceleradora para impulsar la creatividad.

Debe ser que son días de ciervos y piratas.

O de ciervos piratas.

Este es uno de los diseños de un ciervo pirata que generamos para el artículo, con la herramienta de IA «Stable Diffusion».