El futuro de la narrativa audiovisual
Son días extraños para la narrativa audiovisual. Llevamos años asistiendo a un proceso de crisis que se ha cobrado buena parte de las películas de presupuesto medio, esas que tendían a ofrecer un producto con vocación narrativa, que daban nombre a un estudio y conseguían tanto la ovación de la crítica, como el interés del público.
La aparición de internet y su progresiva incrustación en nuestros patrones de consumo, afectó profundamente a las salas, que quedaron, cada vez más, reducidas a un escaparate para películas gigantescas, estrenos con carácter de hito que parecía lógico ver en pantalla grande. Conforme más personas adoptaron esta nueva manera de consumir ficción, aumentaron las supcripciones a plataformas online como Netflix, Amazon, HBO… lo que permitió superar uno de los hándicaps más evidentes de la televisión, los valores de producción proporcionalmente bajos, que hoy son historia en unas plataformas capaces de inundar el mercado online con toda clase de contenido y astronómicos presupuestos.
El cine de salas ha perdido gran parte de la preponderancia como referencia de la narrativa audiovisual. El COVID ha servido como un elemento acelerador de una tendencia, que directores como Scorsese anunciaron durante años. Las plataformas online han hecho las veces de balón de oxígeno, capaces de rescatar proyectos y arriesgar con propuestas para toda clase de nichos de público. ¿Es el salvamento del cine? Aunque ahora veamos que los proyectos de algunos directores de renombre son financiados por las plataformas, es importante recordar que esas películas, son, ante todo, una fuente de estatus para la marca. La mayoría del contenido de estos medios son series, y una vez las plataformas atraigan a los usuarios interesados en consumir las películas de cineastas de renombre, sería lógico esperar que esos mismos usuarios terminen por amoldarse a la comodidad del capítulo. Lo que implica, por lo tanto, que la película como formato seguirá perdiendo vigencia, conforme su medio principal, los cines, siga debilitándose.
Salas vacías como esta, se han convertido en un paisaje habitual durante la pandemia. Una imagen que esconde millones de euros en pérdidas para la industria del cine.
La perspectiva es agridulce, sobre todo para las generaciones que crecieron con las películas; por un lado, el cine de salas parece condenado a una pérdida de importancia progresiva como medio para la narrativa audiovisual, lo que supone un cambio radical en la manera de contar historias, de producirlas, de consumirlas. Por otro lado aparecen nuevas oportunidades para los creadores y técnicos del sector que abastecen la demanda de contenido. La ficción audiovisual está metamorfoseando mientras emigra a un nuevo medio, pero no cabe duda de que las historias seguirán contándose. Y lo harán, de hecho, en España, donde Netflix localizaba unos estudios para producir contenido en Europa. Una noticia extraordinaria para todo el grupo de profesionales españoles del audiovisual.
